Viajar en tiempos de feminismo
Qué pasa cuando nuestras ideas sobre libertad, género y elección chocan con otras culturas
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Tres mujeres caminan hacia la madrasa Sher-Dor, en la plaza del Registán, Samarcanda (Uzbekistán). Foto: Anyu @desde.mimundo.
Viajar también significa encontrarnos con formas de vivir que cuestionan aquello que creemos incuestionable. ¿Qué hacemos cuando viajamos siendo feministas y las mujeres que tenemos enfrente no entienden la libertad de la misma manera que nosotras?
Hacía un buen rato que estábamos conversando con Saida, de veinte años, cuando me preguntó por qué todavía no me había casado a mis cuarenta años. Una de las preguntas que me suele descolocar un poco, porque la verdadera respuesta: “porque no quise”, no suele conformar a nadie cuando estamos hablando de ciertas culturas. Como siempre, respondí la verdad y como siempre también, recibí una gran sorpresa del otro lado: “¿Eso es posible? ¿No se ve mal que una mujer viva sola y decida no casarse?” Ese fue el día que me empecé a cuestionar qué significa viajar sola en tiempos de feminismo, a lugares que lo desafían permanentemente según la visión de algunas de nosotras.
Hoy, desde Uzbekistán, hay una pregunta que el choque cultural me obligó a hacerme: ¿Cuál es nuestro rol como feministas cuando viajamos a un lugar donde la cultura pone en jaque todo aquello que creemos y que damos por válido?
En los últimos meses, conversé con mujeres de países muy diferentes que cuestionaron de forma, a veces muy vehemente, mi decisión de no tener hijos, y a veces esas conversaciones terminan en preguntas como: “¿No te parece que así se va a extinguir la población?”. Las mismas palabras en la boca de algún político nefasto de turno suenan como un horror y, sin embargo, con cierto contexto y entendiendo una curiosidad legítima, hago un esfuerzo por responder con ternura y paciencia.

Monjas ortodoxas conversan con dos mujeres en un jardín de Tiflis, Georgia. Foto: Anyu @desde.mimundo.
Hablé con mujeres y varones muy jóvenes, de veinti-cortos, que me preguntaban si con mis 40 años no estaba “tarde” para casarme y, ante mi falta de interés en la institución del matrimonio (principalmente la religiosa), enseguida venía la pregunta de entonces cual sería mi rol en esta vida. Y eso es un poco lo que me pregunto yo también, pero en un sentido muy diferente. ¿Cuál es nuestro rol como feministas cuando viajamos a un lugar donde son las propias mujeres las que nos miran de frente diciéndonos: “así estamos bien”? ¿Qué hay que sentir? ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo se mira esa realidad la cara?
Todos nacemos atravesados por la cultura del lugar que nuestros padres eligieron para traernos al mundo y eso es una cosa irremediable que, aunque con el paso de los años podamos imprimirle nuestra manera de ver la vida, negar que forma la base de nuestro pensamiento sería una ridiculez.
Hoy caminando por las calles de un país donde, al menos para mí, el choque cultural tiene mucho más que ver con las costumbres y los mandatos sociales que con la religión, donde se sigue asignando a hombres y mujeres roles muy diferentes, me siento, las miro y me pregunto: esta realidad “está bien o está mal”. Estas mujeres, acá al frente mío, sienten que están eligiendo usar su hiyab, sus pantalones largos, tener cuatro hijos y un largo etcétera. Lo sienten y lo creen tanto como yo creo que elegí estudiar, vivir sola, no tener hijos, poder divorciarme o casarme con quien quiera, pero ¿cuánto de eso es elección individual y cuánto es también producto de la cultura que me rodea?, ¿quién tiene la razón? ¿Existe realmente la libertad en nuestras decisiones?
Y ahí es donde me pregunto qué hay que hacer si viajás siendo feminista. ¿Decís tu verdad? O simplemente pasas por alto las cosas que estás viendo y los cuestionamientos que vas a recibir, porque hay que entenderlas en un contexto y en un lugar específicos. ¿Qué harías vos siendo feminista cuando una chica de veinte años te cuenta preocupada que aún no tiene con quién casarse y te pregunta cómo hiciste vos para poder salir de tu país sin haberle pedido permiso a tus padres? ¿Qué haces cuando otra chica de veinticuatro años te dice que está buscando un europeo para casarse? Porque siente que es la única forma de salir del lugar donde vive para dejar de responder a su papá y a los mandatos que la obligarían a estar criando a esta altura ya al menos dos hijos. Qué haces cuando una señora, un chico o una abuela te preguntan “¿Por qué vos no tenés hijos? ¿No te aburrís viajando sola? ¿No te da miedo no estar con un varón?
¿Mentirías o dirías la verdad?
Parte de nuestro rol como feministas, creo, es tratar de difundir nuestro mensaje para que se entienda, para que se escuche, pero ¿hasta dónde? Supongo que también es importante aceptar la realidad de otras culturas que, a fin de cuentas, te están recibiendo como invitada, y esperar que ciertos cambios lleguen a su tiempo. No tengo la respuesta definitiva.
Quizás el desafío del feminismo cuando viajamos no sea convencer a otras mujeres de que nuestra forma de vivir es la correcta, sino aceptar que también nosotras estamos atravesadas por una cultura y aprender a distinguir libertad de costumbre, sin asumir que tenemos todas las respuestas.
Autora: Anyu @desde.mimundo

Una mujer con hiyab espera en un andén del metro de Tiflis, Georgia. Foto: Anyu @desde.mimundo.





